martes, 30 de octubre de 2012

MAS SOBRE EL GENOCIDA HARGUINDEGUY

MURIO ALBANO HARGUINDEGUY, EX MINISTRO DEL INTERIOR DURANTE LA DICTADURA Y PROCESADO EN VARIAS CAUSAS POR TERRORISMO DE ESTADO
El general que manejó la Federal y esparció el terror

A los 85 años, en prisión domiciliaria y sin que todavía le llegara una condena, falleció en su casa de Malvinas Argentinas. Solía ufanarse de haber librado a la sociedad “del marxismo” y reivindicaba las desapariciones.

Por Laura Vales

A los 85 años, y mientras cumplía prisión domiciliaria por crímenes de lesa humanidad, murió Albano Harguindeguy. El general de división fue el responsable de la Policía Federal en los años más sangrientos del terrorismo de Estado. Fue jefe de la Federal primero, durante el gobierno de Isabelita, y después ministro del Interior –cargo desde el que siguió manejando la fuerza–, durante cinco de los siete años que duró la dictadura. Considerado uno de los cerebros del gobierno militar, alguna vez admitió su responsabilidad en los secuestros, torturas y desapariciones sin ninguna vuelta. Sin embargo, de las muchas causas judiciales en las que estaba procesado, sólo llegó a ser llevado a juicio oral en una y todavía no había sido condenado.

Harguindeguy escoltó a Videla como responsable de la cartera política desde marzo del ’76 hasta marzo del ’81, período en el que se produjeron la mayor parte de los crímenes del terrorismo de Estado.

En 2003, durante un reportaje de la periodista francesa Marie-Monique Robin, accedió a hablar de la represión ilegal. “Empezamos bajo un gobierno constitucional y seguimos en un gobierno de facto”, le dijo. Como era de prever, también defendió la dictadura. Lo llamativo fue su estilo grandilocuente, megalómano: “Hicimos lo que correspondía en cumplimiento del deber militar. Las Fuerzas Armadas deben decirle al pueblo argentino: nosotros los libramos de ser un país marxista”, declara en el documental. Y después: “Tengo que reconocer que cometimos errores. Si no cometiéramos errores seríamos dioses. Qué aburrido sería un país gobernado por los dioses, sin pecado, sin delito”.

Harguindeguy cumplía el arresto domiciliario en Los Polvorines, en el municipio de Malvinas Argentinas, en una casaquinta más que acomodada, ambientada con trofeos de caza, una afición que en los ’70 compartió con el ex ministro de Economía José Alfredo Martínez de Hoz.

Alegando problemas de salud, ése fue el lugar que eligió para instalarse, evitando la cárcel, cuando en julio de 2004 la Justicia pidió su detención por los crímenes cometidos en el marco del Plan Cóndor, y donde pasaría los últimos ocho años de su vida.

Hasta ese momento, Harguindeguy no había tenido complicaciones judiciales graves. No fue acusado, por empezar, durante el gobierno de Raúl Alfonsín, de quien había sido compañero en el Liceo Militar. En el juicio a las tres primeras Juntas fue llamado como testigo, y allí declaró que como ministro del Interior le llegaban pedidos para que algún detenido pudiera ser pasado a disposición del Poder Ejecutivo Nacional y fuera enviado a una cárcel común.

Luego fue beneficiado con el efecto de las leyes de punto final y obediencia debida, y más tarde Carlos Menem lo incluyó en los indultos que dictó durante su presidencia.
“No van a aparecer”

Harguindeguy había sido, en el ’73, la máxima figura militar del Operativo Dorrego, que las Fuerzas Armadas compartieron con Montoneros haciendo trabajos sociales para auxiliar a las víctimas de una inundación.

Años después, el ex jefe montonero Roberto Perdía le atribuyó unas frases que Harguindeguy habría pronunciado en un encuentro secreto entre ambos, supuestamente por el caso del secuestro y la desaparición del jefe guerrillero Roberto Quieto. “Nosotros no vamos a andar tirando cadáveres en los zanjones, de ahora en adelante los cadáveres no van a aparecer. Nosotros vamos a hacer otra cosa. Lo que ustedes conocieron hasta ahora fue una ‘dictablanda’, como la de (Alejandro) Lanusse; la nuestra sí va a ser una dictadura. No lo van a volver a ver más a Quieto. En realidad, no volverán a ver a nadie más”, habrían sido sus palabras, según Perdía.

De hecho, Harguindeguy estuvo en un lugar clave para la represión desde 1975, porque la entonces presidenta María Estela Martínez de Perón lo designó al frente de la Policía Federal.

De las causas en las que, después del 2003 y con la anulación de las leyes de impunidad, el represor pasaría a quedar procesado, hay una que habla de la continuidad entre los meses previos al golpe y los siguientes. Es la que investiga los crímenes cometidos bajo la órbita de esa policía, en el centro clandestino de Coordinación Federal –que funcionó en Moreno 1417, donde está el Departamento Central de Policía, y otros CCD como el Garage Azopardo–. En este expediente, el juez federal Daniel Rafecas consideró responsable a Harguindeguy por 34 asesinatos y más de doscientos casos de secuestros y torturas. La causa incluye un hecho ocurrido seis días antes del golpe. Se trata de la fabricación de un falso “operativo antisubversivo” en el que cuatro secuestrados fueron ametrallados dentro de un automóvil, y el montaje apareció en los diarios como si se hubiera tratado de un enfrentamiento armado. Las víctimas fueron el médico Norberto Gómez y Elena Kalaidjian, de quienes se sabe por testimonios de sobrevivientes que fueron obligados a atender a otros secuestrados después de las sesiones de tortura, y la pareja formada por Julio Enzo Panebianco y Ana Teresa del Valle Aguilar, sobrina de la animadora Mirtha Legrand.

En la causa por el Plan Cóndor, el operativo en que las dictaduras del Cono Sur coordinaron la represión, el juez federal Norberto Oyarbide responsabilizó a Harguindeguy junto a Videla y otros por el secuestro y aplicación de tormentos a trece ciudadanos peruanos que fueron capturados en su país y trasladados a la Argentina durante el Mundial de Fútbol de 1978.

El represor también había sido procesado por el asesinato del obispo Enrique Angelelli por haber emitido “directivas precisas para eliminar los grupos vinculados con el Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo”. El expediente había sido elevado a juicio oral este mes. Un tribunal de La Rioja lo había procesado por los crímenes de los sacerdotes Carlos Murias y Gabriel Longueville.
Un juicio oral

Este año había enfrentado su primer juicio oral, en Entre Ríos. Allí debió responder por cuatro desapariciones –Sixto Zalasar, Julio Solaga, Norma González y Oscar Dezorsi, secuestrados entre mayo y noviembre de 1976– y veinticinco casos de privación ilegal de la libertad y torturas cometidos en las ciudades de Concordia, Gualeguaychú y Concepción del Uruguay. De cara a las audiencias, Harguindeguy volvió a alegar problemas de salud para no presenciar el juicio, y en la jornada en la que debió declarar –-por teleconferencia– permaneció cruzado de brazos y sólo respondió con monosílabos.

Otra de las investigaciones que lo tenían como centro –y en la que por supuesto hay otros investigados– tiene que ver con las maniobras realizadas por los jerarcas de la dictadura para quedarse con empresas y bienes de sus víctimas. Está a cargo de la Comisión Nacional de Valores, que busca establecer cómo la División Bancos de la Policía Federal, el Banco Central y la CNV liquidaron bancos y extorsionaron empresarios para obtener un botín de guerra. La causa remite a la estrecha relación de Harguindeguy con Martínez de Hoz, que no se habría limitado solamente a cuestiones de caza.

Con el ex ministro de Economía habían quedado coprocesados en la causa por el secuestro extorsivo de los empresarios Gutheim. Federico Gutheim y su hijo Miguel, propietario de la firma textil Sadeco, fueron detenidos en noviembre de 1976, a raíz del decreto 2840 firmado por Videla y Harguindeguy acusados de socavar la paz interior. Los empresarios recuperaron la libertad cinco meses después, luego de declinar acuerdos comerciales que habían realizado en beneficio de firmas de Hong Kong con los que la cartera de Economía mantenía negociaciones.

30/10/12 Página|12


GB

EDUARDO ANGUITA Y ALFONSIN A TRES DECADAS, OPINION


A tres décadas del triunfo de Raúl Alfonsín
Por Eduardo Anguita

Cuando Alfonsín se lanzaba a competir electoralmente con el peronismo, sabía que la historia le jugaba en contra.

En Chile seguía firme la dictadura de Augusto Pinochet. De hecho, recién llamaba a un referéndum en 1988, en el cual un 44% de los chilenos apoyaba la continuidad del régimen. Las elecciones presidenciales se concretaron recién en diciembre de 1989 y Patricio Aylwin se imponía al frente de una coalición de partidos con el 55% de los votos. Eso sí, mediaba una reforma constitucional que dejaba una democracia tutelada por el dictador que, hasta el día de su muerte, conservaba completa impunidad sobre los crímenes cometidos.

En Uruguay, que tenía una dictadura que también había comenzado en 1973 al igual que en Chile, en noviembre de 1980 se había concretado un plebiscito destinado a legitimar el régimen cívico-militar. Fue rechazado, pero el 43% de los uruguayos votaron a favor del sistema autoritario. En agosto de 1984 se concretó un encuentro entre los usurpadores del poder y los representantes de los partidos Blanco, Colorado y la coalición del Frente Amplio. Tras once años de régimen anticonstitucional, se concretaban elecciones en noviembre de ese 1984. Pero eso sí, con una serie de proscripciones. Entre ellas, que no pudieran participar los candidatos que los dictadores consideraban irritativos. Así, ni Líber Seregni (FA), ni Wilson Ferreira (Blanco) ni Jorge Batlle (Colorado) estaban habilitados para representar a sus fuerzas políticas. Se imponía en los comicios el continuista Julio María Sanguinetti (Colorado).

Brasil vivía un régimen militar que había comenzado en 1964. A partir de 1979 comienza una transición política controlada por el dictador João Baptista Figueiredo, un general que asumía el rol de encausar un cambio bajo el control de quienes habían desconocido la Constitución 15 años atrás. La dictadura sancionó una nueva ley de partidos políticos, y en noviembre de 1982 se concretaron elecciones estaduales (provinciales) y parlamentarias, pero el régimen presidencial seguía siendo de facto. Recién en 1985, esa transición vigilada permitió la llegada de un presidente civil en Brasil. Se impuso la fórmula Tancredo Neves - José Sarney. La muerte de Neves hizo que asumiera Sarney. Ambos eran integrantes del Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB), una fuerza política cobijada por la dictadura y creada en 1979, precisamente con la llamada apertura brasileña.

Alfredo Stroessner era el dictador que más años llevaba. Había encabezado un golpe en Paraguay en mayo de 1954. En febrero de 1989 fue desalojado por otro golpe de Estado: uno de sus más estrechos colaboradores, el general Andrés Rodríguez, cuya hermana estaba casada con el hijo mayor de Stroessner, llegaba a la Presidencia. Una reforma constitucional de 1992 permitió cierta democratización institucional en Paraguay.

En Perú, el general Juan Velazco Alvarado encabezaba un golpe de Estado en 1968 contra el presidente constitucional, el conservador Fernando Belaúnde Terry. Pese a haber encabezado un levantamiento contra las instituciones constitucionales, era el único régimen militar que tenía una clara tendencia nacionalista y que llevó a cabo una reforma agraria. Su gobierno duró hasta 1975. Luego asumió otro general, Francisco Morales Bermúdez, quien ante el descontento popular accedió a una apertura democrática que permitió la vuelta del depuesto Belaúnde Terry.

En Bolivia, en agosto de 1964, el general José Barrientos encabezaba un golpe militar que desalojó al presidente Víctor Paz Estenssoro, líder del Movimiento Nacionalista Revolucionario, la fuerza popular mayoritaria, que había concretado, entre otras cosas, una reforma agraria. Hubo sucesivos gobiernos de dictadores que remplazaban a otros dictadores hasta 1982. Hubo una excepción, el general Juan José Torres, que llegó al frente de un levantamiento de obreros y campesinos y se mantuvo sólo diez meses (octubre de 1970 – agosto de 1971) en el poder. A Torres lo derrocó el general Hugo Banzer. En octubre de 1982 llegó al gobierno, por vía electoral, Hernán Siles Suazo, al frente de una coalición de partidos llamada Unión Democrática y Popular. Cabe consignar que Siles Suazo había participado, en cinco años precedentes, de tres elecciones nacionales convocadas por dictadores, que de inmediato eran desconocidas por otros facciosos que daban golpes de Estado.

Es imposible analizar las interrupciones constitucionales en los países del Sur latinoamericano durante esos años sin reparar en los niveles de dependencia de esos países de los planes del Departamento de Estado norteamericano para quienes estaban a cargo del Poder Ejecutivo, fueran dictadores desembozados o presidentes electos que aceptaban el tutelaje de Estados Unidos. Tampoco pueden dejarse de lado las otras dos formas de sujeción neocolonial. En primer lugar, la aceptación lisa y llana de los planes del Fondo Monetario Internacional y el andamiaje de bancos privados asociados a los planes de entrega de soberanía de esas naciones. El otro refiere a la aplicación de planes de exterminio de todos los opositores dispuestos a enfrentar a los sectores privilegiados, tanto en lo económico como en lo político. Para eso, el Pentágono norteamericano tenía la Escuela de las Américas, una academia militar creada apenas terminada la Segunda Guerra Mundial, y que funcionaba en Panamá. Su misión era capacitar a oficiales y jefes militares del continente en métodos de exterminio y en la concepción entreguista de la soberanía de cada una de las naciones de la que esos militares decían defender.

AHORA ALFONSÍN. Leopoldo Galtieri, al igual que Banzer o los militares brasileños, paraguayos o uruguayos que encabezaban golpes de Estado, se sentía orgulloso de haber cursado en la Escuela de las Américas. De su entrenamiento dio cuenta al frente del exterminio de civiles en campos de concentración en la provincia de Santa Fe, al frente del llamado Segundo Cuerpo de Ejército. Llegaba al gobierno a fines de 1981 por vía de un golpe militar que desalojaba a otro dictador. Pese a su determinación de ser un satélite de Estados Unidos, Galtieri tenía un inglés muy defectuoso. El 1º de abril de 1982, después de haber preparado el desembarco argentino en Malvinas, es avisado de una comunicación buscada por el presidente de Estados Unidos, Ronald Reagan. Al rato, se produce la llamada y en la Casa Rosada buscaron a un joven diplomático que hablara fluidamente el idioma del actor devenido inquilino de la Casa Blanca. Así, Roberto García Moritán, quedó al lado de Galtieri para oficiar de traductor. La comunicación debía ser grabada para quedar como documento de Estado. Así, un coronel de Inteligencia llevó un aparato, lo dejó prendido y se retiró. Reagan le dijo a Galtieri que tenía información sobre movimientos militares argentinos en Malvinas. Al rato, dado que Galtieri daba vueltas, Reagan le advirtió que Margaret Thatcher era amiga suya y Gran Bretaña un aliado clave de Estados Unidos. Galtieri, en un momento, le dijo a García Moritán que no podía ser cierto eso, que su traducción debía ser defectuosa. Terminado el diálogo, el dictador hizo llamar al coronel de Inteligencia para conocer directamente los dichos de Reagan. Pero el coronel sorprendió a Galtieri cuando quiso poner el audio. El grabador no había funcionado y el dictador sacó al coronel a saltos de rana por castigo por su tremenda ineptitud. Esta anécdota da prueba de la gran improvisación de la dictadura, pero no remplaza el contexto real de resquebrajamiento del régimen, producto de una persistente resistencia popular y del severo aislamiento internacional que sufría el régimen, básicamente por la crueldad del método de desaparición forzada de personas. A fines de 1981, las agrupaciones políticas que la dictadura aceptaba como legales se conformaron en la Multipartidaria. A este espacio político, se sumaba la alianza de dirigentes gremiales que crearon la Comisión de Gestión y Trabajo, cuyo acrónimo era CGT, la Confederación General del Trabajo, prohibida por entonces. Cabe consignar que el día anterior a la conversación mencionada, se producía una concentración popular sin precedentes en la Plaza de Mayo, convocada por la CGT y apoyada por la Multipartidaria, con la participación de miles de militantes populares y de las organizaciones de Derechos Humanos.

Tras el desembarco y la improvisada ocupación de Galtieri, en la Multipartidaria se abrieron grietas. El entonces presidente del radicalismo, Carlos Contín, sostenía que ese espacio debía congelar los reclamos democráticos y, en cambio, era preciso apoyar a la dictadura, al menos mientras durara el conflicto. Los representantes de las otras fuerzas políticas decían que sí, que había que apoyar, pero hacían la salvedad de que no bajaban las banderas de la democracia. Eso sí, se subieron a un avión militar con destino a Malvinas. Entre ellos estaban el justicialista Torcuato Fino, el desarrollista Arturo Frondizi, el intransigente Oscar Alende y el demócrata cristiano Carlos Auyero. En abierta discrepancia con todos, incluso del representante de su partido en la Multipartidaria, Raúl Alfonsín ratificó la lucha por la democracia y se negó enfáticamente a dar ningún tipo de apoyo diplomático a la toma de Malvinas por parte de una dictadura.

Cuando unos meses después Alfonsín se lanzaba a competir electoralmente con el peronismo, sabía que la historia le jugaba en contra. Tanto en 1946, como en 1952 como en 1973 habían perdido. Arturo Illia había llegado al gobierno con la proscripción del peronismo. Muchos factores se conjugaron para que Alfonsín obtuviera el 51,75% de los votos y que Ítalo Luder, el candidato justicialista, llegara apenas al 40,16%. Desde ya, un país que salía de la entrega económica y de una represión genocida sin precedentes, podía tener una sociedad cuyo comportamiento tuviera sorpresas. Alfonsín tenía confianza en que ganaba, lo dicen todos quienes lo acompañaron en la campaña.

Pero, además, tenía certeza de que la democracia y el Estado de Derecho se convertían en valores de mucha más pujanza que en años anteriores. Así como en 1973, Héctor Cámpora primero y Juan Perón después llegaban con la fuerza de la lucha por la justicia social, la soberanía política y la independencia económica, tras los años vividos en Argentina y Latinoamérica, la democracia basada en la Constitución se convertían en pilares de una sociedad que había vivido en el terror. Una sociedad que, si bien dio muestras de resistencia a través de la pelea de las Madres y las Abuelas y de muchas organizaciones de Derechos Humanos, así como de luchas obreras, salía de las catacumbas. Muchos de los que habían encabezado y organizado luchas populares estaban muertos, desaparecidos, exiliados, presos. Alfonsín se alejó de cualquier especulación y diálogo con los dictadores y jugó ahí un rol de audacia que no tenía precedentes en el radicalismo desde la mística de Hipólito Yrigoyen.

Todo el empuje de Alfonsín, todo el apoyo popular no fueron suficientes para que esos primeros años encontraran un terreno fértil. Los dictadores retrocedían, es cierto, y no sólo por la hecatombe económica, el fracaso de Malvinas y por la resistencia creciente. Pero dejaban un terreno minado. Y si bien las políticas de Estados Unidos fueron de simpatía al candidato triunfante y al proceso democrático que se abría en Argentina, la situación distaba mucho de poder encaminarse sin conflicto con los poderes que realmente limitaban la justicia social, la soberanía política y la independencia económica.

El mismo Alfonsín se lo planteó al mismo Ronald Reagan que había dialogado con Galtieri. Fue en oportunidad de visitar la Casa Blanca, el 19 de marzo de 1985 y que el presidente norteamericano le dejara dar un discurso. En esa oportunidad, Alfonsín dijo: "Que las democracias han heredado cargas muy pesadas en el orden económico. Una deuda que en mi país llega a los 50 milmillones de dólares y en América Latina en su conjunto está en alrededor de 400 mil millones de dólares, y esto conspira contra la posibilidad de desarrollo, crecimiento y justicia. Esta es sin duda, una de las grandes diferencias entre nuestros dos países; nosotros apoyamos la filosofía que usted ha señalado, la filosofía de la democracia, la libertad y el Estado de Derecho que nos iguala. Pero el hombre, señor presidente, para ser respetado cabalmente en su dignidad de hombre,no solamente tiene que tener la posibilidad de ejercer sus derechos y prerrogativas individuales, sino que debe tener la posibilidad de vivir una vida decorosa y digna."

Muchos de los radicales que hoy recuerdan a Alfonsín como un protagonista clave de la historia presente, deberían tener presente esas palabras. Tanto la Argentina como la mayoría de los países de la región no sólo salieron de los regímenes autoritarios sino que están recorriendo caminos de independencia económica con liderazgos políticos democráticos. Es hora, para muchos, de pensar en el tamaño de los desafíos y, en consecuencia, de la grandeza de las alianzas y puntos de encuentro. 

30/10/12 Tiempo Argentino

GB


ELECCIONES YANQUIS II

Elecciones críticas
Por Luis Tonelli

La disputa entre Barack Obama y Mitt Romney, los equívocos demócratas y los pronósticos sombríos ante un eventual triunfo republicano.

Tiempo de elecciones críticas. Ésas que pueden cambiar un rumbo, definir una nueva época. Que pueden producir bifurcaciones históricas. Elecciones en Estados Unidos. Elecciones de muy diferente factura en China.

Para el ámbito regional, no han sido de poca importancia las elecciones en Venezuela. Allí ganó la continuidad, y sorpresivamente, en su “no sorpresivo” triunfo -salvo para aquellos opositores que en vez de dedicarse a la construcción política disfrutan de la masturbación política- Hugo Chávez no tensó más la cuerda con la oposición. Se lo vio, para su estilo, hasta magnánimo. La misma moderación poselectoral mostró Henrique Capriles, quien hizo campaña como indica el manual, yendo por los “dubitativos”, teniendo ya a toda la derecha de su lado, y reconociendo los logros sociales de la Revolución Bolivariana. ¿Será que ahí hay pistas para entender una futura transición? 
Es probable.

Moderación que, paradójicamente, se transforma en discusión fanática fuera de Venezuela, por ejemplo, en el Palermo District porteño. Allí se trenzan “lanatistas” y “neochavistas” en discusiones alucinadas, para, en realidad, hablar de la Argentina, de la que también tienen una imagen alucinada.

Pero volvamos a las elecciones críticas a nivel global, que se vienen el 6 de noviembre en Estados Unidos y dos días después en China, aunque en realidad, en el gigante asiático las cosas parecen haberse decidido en términos chinos: había mucha expectativa en lo que aparecía una elección que signaría el futuro inmediato de China (lo cual abarca a muchos integrantes de la especie humana) entre quien prometía remozar la continuidad (el vicepresidente Xi Jinping) y Bo Xilau, hasta hace poco, el secretario general del Partido en la ciudad de Chongqing, la más poblada de China, quien representaba un ala más populista, y mercado-internista.

De repente, la esposa de Bo, Gu Kailai, aparece implicada en la muerte del empresario británico Neil Heywood, se la condena a muerte (en suspenso) y Bo es destituido en marzo. Luego vendría la “desaparición mediática” de Jinping por dos semanas, quien vuelto a la luz pública, es el candidato diríamos único para que sea elegido durante el XVIII Congreso del Partido Comunista Chino, en reemplazar a Hu Jintao, garantizando el milenario cambio dentro de la continuidad, que caracteriza a la política china.

De este modo, restan las elecciones estadounidenses como las únicas que serán realmente competitivas, y vaya si lo son. Solo los “cabeza quemada” del marketing político pueden sostener que la contienda electoral entre Barack Obama y Mitt Romney ha sido una campaña vacía, irrelevante y aburrida. Será porque hasta ahora no han visto un spot onda Ridley Scott o algún desarrollo innovador para el iPad.

Lo cierto es que desde Nixon versus Kennedy que no se veía una lucha tan pareja e intensa entre candidatos tan opuestos en sus personalidades e idiosincrasias en Estados Unidos. Es como si ocurriera la batalla final entre Word, un procesador de texto (Barack Obama) y Excel, una planilla de cálculo (Mitt Romney). Entre la prosa elegante y la fría aritmética. Entre el negro que obtuvo un master en derecho en Harvard y pudo llegar a la Casa Blanca en el summun del American Dream y el W.A.S.P. mandíbula cuadrada (que según estudios estadísticos, es la característica del 67 por ciento de los políticos estadounidenses exitosos), que tiene también un master en derecho pero también uno en finanzas, ambos en Harvard (¡Dos títulos de Harvard!. ¡Qué snob! exclamó irónicamente Obama).

En una polarización extraña, alimentada por lo que Obama pensó equivocadamente que sería su antídoto: un bipartidismo, como “justo medio”, que lo llevó a intentar salir de la crisis heredada de Bush Jr. convocando a los diseñadores de la globalización financiera precisamente en crisis, Tim Geithner y Larry Summers. Se quedó a medio camino. Desairó a los propios y enfureció a los ajenos, con un Tea Party llevándose puestos a los republicanos moderados. Los “bipartidismos” exitosos no son los presidentes que “partieron diferencia”, sino los que trascendieron el conflicto entre ambos partidos, como lo hizo magistralmente Ronald Reagan.

Realmente tiene que darse una polarización muy intensa en la política estadounidense para que el que le está dando pelea a Obama sea miembro no de una sino de dos elites exclusivas: por un lado, un activo miembro de la Iglesia de los Santos de los Últimos Días -ésos que van vestidos como los malos de Matrix-, descendiente de los mormones ingleses que fundaron el culto, nacido en México dado que sus familiares tuvieron que exiliarse del paisaje lunar de Utah para poder seguir practicando la poligamia. Y, por el otro, un integrante millonario de la elite financiera, dedicado a generar instrumentos innovadores financieros (como las hipotecas tóxicas). Un especialista en downsizing, en crear “valor”, no “trabajo”, quien salió grabado de queruza en YouTube discursiando ante ricachones como él, que el “47 por ciento que no pagan impuestos federales jamás lo votaría” porque se veían a sí mismos como “víctimas que creían que el Gobierno tenía la responsabilidad de cuidar de ellos”. O sea, millones de personas que contribuyen con sus impuestos al consumo, entre ellos jubilados, discapacitados y desempleados. ¿Puede alguien que aspira a ser Presidente ignorar esos datos?

Quizá Romney represente el superhéroe que bravuconea con salir de la crisis con las políticas que, precisamente, la generaron y contagiaron al mundo. Que pueda revertir la inevitable decadencia (relativa) de su país. Asumiendo, como lo hace Arvind Submranian, en su libro Eclipse: Living in the Shadow of China´s Economic Dominance dos supuestos muy conservadores acerca de la marcha de la economía mundial en las próximas décadas: que el crecimiento chino disminuirá del 11 a un 7 por ciento promedio; y que Estados Unidos crecerán a un ritmo del 3,5 por ciento (bastante por encima de las predicciones más optimistas), en 2030, el PBI de China será un cuarto más grande que el de Estados Unidos y los chinos dominarán el doble del comercio internacional que el exhibido por los estadounidenses. Bajo estos números bastante realistas es realmente ingenuo seguir pensando, por ejemplo, que el dólar seguirá siendo la moneda de reserva global por mucho tiempo más.

Así, no importa la “falta de conexión” de Romney con la “gente”, cuando es un hombre exitosísimo en su vida privada, que acaba de propinar una verdadera paliza en el primer debate presidencial justo a Obama, el “señor de las palabras” (o del Teleprompter, como se ha deslizado maliciosamente).

Performance que le permitió poner de su lado a Florida, de 29 delegados, y empatar en Virginia, de 13 delegados al Colegio Electoral, sumando por ahora, según el recomendable sitio http://www.centerforpolitics.org del politólogo Larry Sabato, Obama-Biden 277 delegados y Romney-Ryan 235, con 26 delegados en juego. Una situación delicada, porque si siguen las gafes de Obama, por ejemplo, Ohio, en donde los demócratas tienen una luz de ventaja y que con 18 delegados es clave en esta contienda, puede, de cambiar, darle el triunfo a Romney.

Pero, por ahora, Obama reelige y mejor no imaginarse qué pasaría no sólo en Estados Unidos si perdiese. El nivel de polarización y conflicto ante el descalabro social de las políticas de ajuste que impulsaría Romney, no sólo en Estados Unidos, sino en todo el mundo, en nuestra región y muy especialmente con nuestro país. Esperemos que los resultados del martes 6 de noviembre eviten esa pesadilla. 

Revista Debate


GB

FORSTER, NESTOR, OPINION

Cabalgando contra el viento
Por Ricardo Forster

Cabalgando contra esa desolación y viniendo de una tierra lejana, cuyo nombre no deja de tener resonancias míticas y fabulosas, un viejo militante de los setenta, aggiornado a los cambios de una época poco dispuesta a recobrar espectros dormidos, derramó sobre una sociedad, primero azorada y luego sacudida por un lenguaje que parecía definitivamente olvidado, un huracán de transformaciones que no dejaron nada intocado y sin perturbar.

Un giro loco de la historia que emocionó a muchos y preocupó, como hacía demasiado que no ocurría, a los poderes de siempre. Sin esperarlo, con la impronta de la excepcionalidad, Néstor Kirchner apareció en una escena nacional quebrada y sin horizontes para reinventar la lengua política, para sacudirla de su decadencia reinstalándola como aquello imprescindible a la hora de habilitar lo nuevo de un tiempo ausente de novedades.

Kirchner, entonces y a contrapelo de los vientos regresivos de la historia, como un giro de los tiempos, como la trama de lo excepcional que vino a romper la lógica de la continuidad. Raras y hasta insólitas las épocas que ofrecen el espectáculo de la ruptura y de la mutación; raros los tiempos signados por la llegada imprevista de quien viene a quebrar la inercia y a enloquecer a la propia historia, redefiniendo las formas de lo establecido y de lo aceptado. Extraña la época que muestra que las formas eternas del poder sufren, también, la embestida de lo inesperado, de aquello que abre una brecha en las filas cerradas de lo inexorable que, en el giro del siglo pasado, llevaba la impronta aparentemente irrebasable del neoliberalismo.

Es ahí, en esa encrucijada de la historia, en eso insólito que no podía suceder, donde se inscribe el nombre de Kirchner, un nombre de la dislocación, del enloquecimiento y de lo a deshora. De ahí su extrañeza y hasta su insoportabilidad para los dueños de las tierras y del capital, que creían clausurado de una vez y para siempre el tiempo de la reparación social y de la disputa por la renta. Kirchner, de una manera inopinada y rompiendo la inercia consensualista, esa misma que había servido para reproducir y sostener los intereses corporativos, reintrodujo la política entendida desde el paradigma, también olvidado, del litigio por la igualdad.

En el nombre de Kirchner se encierra el enigma de la historia, esa loca emergencia de lo que parecía clausurado, de aquello que remitía a otros momentos que ya nada tenían que ver, eso nos decían incansablemente, con nuestra contemporaneidad; un enigma que nos ofrece la posibilidad de comprobar que nada está escrito de una vez y para siempre y que, en ocasiones que suelen ser inesperadas, surge lo que viene a inaugurar otro tiempo de la historia. Kirchner, su nombre, constituye esa reparación y esa inauguración de lo que parecía saldado en nuestro país al ofrecernos la oportunidad de rehacer viejas tradiciones bajo las demandas de lo nuevo de la época. Con él regresaron debates que permanecían ausentes o que habían sido vaciados de contenido. Pudimos redescubrir la cuestión social tan ninguneada e invisibilizada en los noventa; recogimos conceptos extraviados o perdidos entre los libros guardados en los anaqueles más lejanos de nuestras bibliotecas, volvimos a hablar de igualdad, de distribución de la riqueza, del papel del Estado, de América Latina, de justicia social, de capitalismo, de emancipación y de pueblo, abandonando los eufemismos y las frases formateadas por los ideólogos del mercado.

27/10/12 Tiempo Argentino

GB

 

ELECCIONES YANQUIS

La política exterior de Estados Unidos y su opinión pública interna
Por Immanuel Wallerstein
La Jornada

Conforme se aproximan las elecciones en Estados Unidos, con gran cautela se vuelve la política exterior uno de los puntos a debatir. No es secreto que durante los últimos 50 años ha existido cierta consistencia de largo plazo en la política exterior estadunidense. Las diferencias internas más agudas ocurrieron cuando George W. Bush asumió la presidencia y lanzó un intento supermacho, deliberadamente unilateral, por restaurar la dominación de Estados Unidos en el mundo mediante las invasiones de Afganistán e Irak.

Bush y los neoconservadores confiaban en intimidar a todos en el mundo utilizando la fuerza militar para cambiar los regímenes que el gobierno estadunidense juzgara poco amistosos. Como resulta claro hoy, la política neoconservadora falló en su propio objetivo. En vez de intimidar a todos, tal política transformó la lenta decadencia estadunidense en una precipitada caída. En 2008, Obama compitió con una plataforma que proponía revertir estas políticas, y en 2012 alega que ya cumplió su promesa y que, por tanto, deshizo el daño que ocasionaron los neoconservadores.

Pero, ¿acaso sí deshizo el daño? ¿Pudo haber deshecho el daño? Lo dudo. Pero mi intención aquí no es discutir qué tan exitosa es o no la política exterior estadunidense en este momento. Más bien quiero discutir lo que el pueblo de Estados Unidos piensa acerca de ésta.

En la opinión pública el elemento más importante relacionado con la política exterior estadunidense es la incertidumbre y la falta de claridad. Las encuestas recientes muestran que por vez primera una mayoría de estadunidenses piensa que las intervenciones militares que emprendió Bush en Medio Oriente fueron un error. Lo que todas estas personas parecen ver es que hubo un enorme derroche de vidas y dinero estadunidenses, con que se obtuvieron resultados que a la gente le parecen muy negativos.

Perciben que el gobierno iraquí está más cerca en sentimiento y en política al gobierno iraní que a Estados Unidos. Perciben que el gobierno afgano tiene bases muy endebles –con un ejército infiltrado por los suficientes simpatizantes talibanes que pueden disparar a los soldados estadunidenses con quienes trabajan. Quieren que las tropas de Estados Unidos abandonen Afganistán en 2014 como lo prometieron, pero no creen que, una vez que las tropas se retiren, vaya a haber un gobierno estable en el poder, uno que sea relativamente amistoso hacia Estados Unidos.

Es significativo que, en el debate entre los dos candidatos a la vicepresidencia, el demócrata Joe Biden haya afirmado con vigor que no enviarían tropas estadunidenses a Irán. Y que el republicano Paul Ryan dijera que nadie en su bando estaba pensando en enviar tropas. Ambos pueden o no estar diciendo la verdad acerca de sus posturas. Lo notable es que ambos piensen que cualquier amenaza de su parte relacionada con enviar tropas de tierra podría lastimar las posibilidades de su partido con los votantes.

Entonces, ¿qué? Ésa es precisamente la cuestión. La misma gente que dice que las intervenciones estadunidenses fueron un error todavía no está dispuesta a aceptar la idea de que Estados Unidos no debería continuar manteniendo o expandiendo el alcance de sus fuerzas militares. El Congreso estadunidense continúa votando en favor de presupuestos para el Pentágono que son mucho más vastos de lo que el propio Pentágono solicita. Esto es, en parte, resultado de que los legisladores quieren mantener empleos en distritos donde tales empleos se vinculan con las fuerzas armadas. Pero también es porque el mito de la superpotencia estadunidense sigue siendo un compromiso emocional muy fuerte para virtualmente todos en el país.

¿Hay en la perspectiva un aislacionismo oculto? Hasta cierto punto, no hay duda. Hay, sin duda, votantes más a la izquierda o más a la derecha que comienzan a afirmar con más contundencia lo deseable y necesario que es reducir el involucramiento militar estadunidense en el resto del mundo. Pero creo que al momento esto no representa una gran fuerza. No todavía.

En cambio, lo que podemos esperar es una lenta y callada revisión, no por eso menos importante, de cómo sienten los estadunidenses acerca de series particulares de aliados. El alejamiento de Europa, sea cual fuere la forma en que definamos Europa, lleva ya largo tiempo ocurriendo. A Europa se le considera un tanto "ingrata", tomando en cuenta todo lo que Estados Unidos hizo por ella en los últimos 70 años militar y económicamente. Para muchos ciudadanos estadunidenses Europa parece muy poco deseosa de respaldar las políticas de Washington. Actualmente se están retirando tropas de Estados Unidos de Alemania y de otras partes.

Por supuesto, Europa es una categoría grande. ¿Acaso el estadunidense ordinario tiene diferentes puntos de vista acerca de Europa oriental (los satélites ex soviéticos)? ¿O acerca de Gran Bretaña, con quien se supone que Estados Unidos mantiene una "relación especial"? La "relación especial" es más un mantra de los británicos que de los estadunidenses. Estados Unidos recompensa a Gran Bretaña cuando se mantiene en la línea, pero no cuando se sale de ésta. Y el estadunidense ordinario apenas si es conciente de este compromiso geopolítico.

Europa oriental es diferente. Ha habido presiones reales de ambas partes para mantener una relación cercana. Por el lado estadunidense, ha habido un interés del gobierno por utilizar el vínculo con Europa oriental como forma de contrarrestar las tendencias de actuación independiente que mantiene Europa occidental. Y hay presiones por los descendientes de los migrantes de estos países para expandir los vínculos. Pero Europa oriental comienza a sentir que el compromiso militar estadunidense se adelgaza y se torna poco fiable. Comienza a sentir que los lazos económicos con Europa occidental, Alemania en particular, son más importantes para ellos.

El antagonismo hacia México debido a los migrantes indocumentados ha llegado a jugar un papel importante en la política estadunidense y ha estado socavando los supuestos lazos económicos cercanos con México. Y en cuanto al resto de América Latina, el crecimiento de su postura geopolítica independiente es fuente de frustración para el gobierno estadunidense y de impaciencia para el público en ese país.

En Asia, golpear a China es un juego que crece en popularidad, pese a los esfuerzos de los gobiernos estadunidenses (tanto republicanos como demócratas) de mantenerlo a raya. A las firmas chinas se les impiden algunos tipos de inversión en Estados Unidos que incluso Gran Bretaña permite.

Y finalmente está Medio Oriente, área central de preocupación estadunidense. Actualmente el foco está puesto sobre Irán. Y al igual que en América Latina, el gobierno parece frustrado con sus limitadas opciones. Está presionado constantemente por Israel para hacer más, aunque nadie está muy seguro de lo que significa ese "más".

El respaldo para Israel de todos los modos posibles ha sido una pieza central de la política exterior estadunidense desde por lo menos 1967, si no es que desde antes. Poca gente se atreve a cuestionarla. Pero esos "pocos" comienzan a tener el respaldo de figuras militares que sugieren que la política de Israel es peligrosa en términos de los intereses militares estadunidenses.

¿Continuará imbatible en los próximos 10 o 20 años el penetrante respaldo hacia Israel? Lo dudo. Israel puede ser el último de los compromisos emocionales de Estados Unidos que se desvanezca. Pero es casi seguro que habrá de esfumarse.

Es probable que para 2020 y para 2030 la política exterior comience a digerir la realidad de que Estados Unidos no es la única superpotencia todo poderosa, sino simplemente uno de los cuantos loci de poder geopolítico. El cambio en la perspectiva será impulsado por la evolución en los puntos de vista de los estadunidenses ordinarios, quienes continúan estando más preocupados por su bienestar económico que por los problemas que yacen más allá de las fronteras. Y conforme el "sueño americano" atrae a menos y menos no estadunidenses, se vuelve hacia dentro en Estados Unidos.

Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2012/10/27/index.php?section=opinion&article=022a1mun

Traducción: Ramón Vera Herrera

www.rebelion.org
 

Nestor, por que te fuiste?

Che, Néstor, ¿por qué te fuiste?
Por Eduardo de la Serna

Miles de cuadros juveniles recuperan el ardor de "la militancia" para que los "se puede" sean miles de gritos.

Se me ocurrió escribir algo a raíz de los dos años de la "partida" de Néstor. Claro que viendo tantos artículos, notas y opiniones, muchos tan serios y medulares, no quisiera decir "más de lo mismo". No es importante lo que yo piense, al fin y al cabo, y menos en los terrenos de los logros (enormes, según creo) del "modelo" K (o del "relato", si se quiere).

El clima "raro" que se vive, creo que tiene muchas razones y causas, entre las que no dudaría en señalar como principal (¿"madre de todas las batallas"?) el 7D como se lo ha llamado con imagen no exenta de belicismo. En una misma coherencia (¿y misma usina?) el inminente 8N (y su previsible importante concurrencia), y la insoportable cantidad de cadenas que llegan por redes sociales, mails y demás medios, llenas de verdades, medias verdades, mentiras, manipulaciones y calumnias, de estupideces y barbaridades. Cuando escucho decir, por ejemplo, "hacen cosas que fueron ideas de otro" (cosa que ya decían de Perón y Palacios) como si hubiera "derechos de autor" en la política, como si las ideas no fueran todas en parte también "de otros"; o cuando se dice "y dónde estaban antes", como si lo importante no fuera "a dónde vamos ahora", o cuando se recurre al insulto y la ofensa (a Cynthia García y Gabriela Cerruti, por ejemplo y vaya mi solidaridad), o cuando se recurre a chiquitajes (como si las carteras o los mocasines fueran motivo serio de análisis político)… Si hasta ahora se escucha hablar a Cobos (no es broma, Cobos habló bien de Néstor y mal de Cristina explicando que él es casi kirchnerista, pero Cristina no… porque Cristina no sabe nada deNéstor al lado de todo lo que sabe él…). Algo debe significar simbólicamente Néstor para que hasta Cobos insinúe que Cristina traicionó a Néstor (Cobos hablando de traición es como si Astiz hablara de Derechos Humanos o Grassi de que son "felices los niños").

Pero dejo esto para entrar en otro terreno que me resulta interesante y quizás poco mirado. Y me permito comenzar con una anécdota personal. El extraordinario teólogo protestante argentino, José Míguez Bonino (don José, y vaya otro homenaje) daba clases de "teología católica" en la facultad protestante de teología (ISEDET). Entonces, a partir de un libro mío, le sugirió a un alumno que me entrevistara a raíz de lo que yo había escrito sobre "la Virgen" donde hablaba de la religiosidad popular. Charlando con el muchacho, en un momento me dijo: "A nosotros, los protestantes, nos hace falta 'la Virgen'…" Obviamente no se refería a "la Virgen de los Evangelios", que la tienen, ni al lugar "católico de la Virgen", porque no hablaba de "dejar de ser protestante". Hablaba del lugar simbólico y convocante, de identidad, que tiene en el mundo católico y la religiosidad popular, "la Virgen". Pues bien, es a eso, al "lugar simbólico", "convocante", "identitario" que quisiera referirme. Precisamente creo que la incapacidad de "los ilustrados" de acá o de muchos extranjeros para "entender" el peronismo, tiene su raíz en lo simbólico. No en la "filosofía", no en la "economía" o los "fundamentos teóricos", sino en lo "simbólico". Y es desde acá que quisiera pensar algo de Néstor.

• Para empezar recuerdo que cuando gobernaba (¿?) el in-presidente De la Rúa, era tanta la sensación de que no hacía nada, que hasta se llegó a decir que se iban a poner cámaras en su despacho para que la sociedad viera que "el presidente trabaja". ¡Ja! Nadie jamás dudaría ni necesitaría cámaras para afirmar eso de Néstor (ni de Cristina). Simbólicamente se vio a alguien que no dejó un momento de trabajar a favor de sus ideales, de sus convicciones. A eso, muchos adversarios lo llamaban "ambición de poder", por ejemplo. Hasta hubo quienes afirmaron que estando mal de salud, siguió y siguió movido por esa ambición. Otros lo hemos llamado "militancia". Hemos sabido desde nuestra adolescencia (desde los 16, para ser precisos) que la militancia supone no descanso, compromiso, entusiasmo. Sandra Russo lo resumió diciendo: "Néstor fue el presidente de la democracia que más veces habló de amor." Creo que sólo fue comparable a la enorme cantidad de veces que habló de "amor" otra peronista: Evita. Convengamos que amor, por un lado no parece palabra política, pero por otro lado es "la" palabra más integradora, más existencial, más comprometida, y hasta "fanática". El amor compromete, "hasta que la muerte nos separe", y a veces –en los otros, o en los que aman mal– provoca celos, envidias, y tantas cosas que sabemos que enferman. No me parece muy ajena a celos enfermizos ante ese amor, algunos comentarios, artículos, notas o shows de domingo por la noche, o algunos políticos (o políticas del 2 por ciento).

•Precisamente esa pasión política, ese "amor político" hace muchas veces mirar las cosas en negro o blanco. A veces con exageración, a veces con desmesura (¿no es acaso desmesurado el amor, cuando es total?). Es cierto que a veces es exagerado, pero no es menos cierto que a veces "hay" blancos y negros. Y que hay políticos "grises". Hay ámbitos y momentos en los que el diálogo, la tolerancia, el encuentro son imprescindibles y necesarios, pero también hay momentos en los cuales no puede cederse, y no puede "negociarse": no se negocia con torturadores, con fondos buitre, con genocidas, con desfalcadores… Se dialoga con el que piensa distinto, pero cuando hay víctimas, dialogar con los victimarios es victimizar más todavía "al débil" (que no es Clarín). Las víctimas de la dictadura, las víctimas del genocidio neoliberal, las víctimas del sometimiento de "relaciones carnales" no merecen que sentemos a la mesa a los victimarios (o que juguemos tenis con ellos). Se ha acusado a Néstor de "crispar", pero en realidad creo que se crispan aquellos habituados a sentarse en la mesa de los poderosos y que "de golpe" encuentran que con los que se dialoga es con América Latina, con los sindicatos, con los organismos de Derechos Humanos, con los desocupados, y que se crean la Unasur, leyes de Medios, retenciones a la soja, y tantas otras cosas que "crispan" simplemente porque supone igualdad ante la ley.

•Finalmente, en tiempos de no-política, la antipolítica de la Ferrari o la pizza con champagne, de la burla a la política sin propuestas (la "no-política", como Lanata o CQC), del "que se vayan todos" o del "no se puede", aparecen voces que dicen que "sí, se puede". Hay cosas que sí se pueden. Muchas cosas que sí se pueden. Claro que hace falta trabajo, osadía, valentía, decisión… Que a veces se equivocan (porque la mejor forma de no equivocarse es no hacer nada), pero que intentan. Los que son capaces de tomar un país en llamas, quebrado económica y anímicamente (y pensar que Macri no quiere agarrar ni el subte ¿qué hubiera hecho en el 2003?), y mostrar descontracturadamente, decididamente, valientemente que "sí, se puede" (entre paréntesis, canto que la hinchada del Once Caldas, en la final con Boca cantaba ese día que –muchos creemos– Macri entregó el partido para sacarse a Bianchi de encima y que no pareciera –como parece– que sin Bianchi no hubiera pasado nada, en Boca); y no hablo del "tú puedes" de los respiradores seriales que me parece patético. Sí, se puede, si hay personas decididas, militantes, comprometidas, con amor a su pueblo.

A nivel simbólico podría decirse mucho más, aunque valga como ejemplo el famoso tema de "los cuadros" que como bien decían afiches el pasado 24 de marzo "bajando un cuadro formaste miles". Miles de cuadros juveniles recuperan el ardor de la militancia para que los "se puede" sean miles de gritos. Es de esperar que esos gritos sean a su vez multiplicadores para acallar las voces de la no política, de la falacia infantil del "choripán" y más y más descubran que nada es más simbólico que el amor, y que el amor, en política, también tiene mucho por decir. Hasta dar la vida. 

28/10/12 Tiempo Argentino 

GB

Homenaje popular a Néstor Kirchner en Parque Lezama